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¿Puede Benjamin Netanyahu perder las elecciones en Israel?

¿Puede Benjamín Netanyahu perder realmente las elecciones? Es la pregunta fundamental de los comicios que, este 25 de octubre, afronta Israel. Tras casi 20 años de dominio político prácticamente ininterrumpido, la supervivencia política del primer ministro más longevo del país y líder del conservador Likud está más en tela de juicio que nunca. 

Por eso, no son unos comicios más. Son un refrendo sobre su figura, la del mago Bibi, el prestidigitador, cuestionado, fundamentalmente, por su responsabilidad en los fallos de seguridad que se produjeron en el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 desde Gaza y la escalada regional posterior. Netanyahu aparte, esta cita con las urnas es una radiografía de situación de la profunda fractura en las líneas fundacionales del Estado, donde convergen la seguridad nacional, la propia identidad democrática de la nación, el papel de la religión y el futuro de los palestinos.

La posibilidad de que Netanyahu abandone finalmente el poder es completamente real y palpable en el descontento de las calles, pero su demostrada y casi legendaria capacidad para reinventarse políticamente, sortear crisis y manipular el complejo sistema parlamentario hace que absolutamente ningún analista serio se atreva a dar por sentada su derrota definitiva. Pese a ello, lo tiene complicado para subsistir: se enfrenta a un ajuste de cuentas social, formidable, por el colapso de la doctrina de seguridad que él mismo prometió garantizar y que se hundió hace tres años, por el desgaste acumulado de sus estirados juicios por corrupción (fraude, cohecho y abuso de confianza, sin contar el proceso internacional por crímenes de guerra) y el polémico intento de reforma judicial que fracturó al país antes de que estallara la guerra.

A pesar de este desgaste, su estrategia de campaña se basa en una narrativa de resiliencia y supervivencia, intentando transformar los movimientos militares o los ataques tácticos en la región (de Irán a Líbano, pasando por Siria) y la retórica de firmeza frente a las presiones internacionales en victorias políticas tangibles que restauren su maltrecha imagen de "Señor Seguridad". Ayuda que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, apueste por él y le dé su simbólico voto, pero eso ya no es garantía de nada. 

No obstante, el deterioro de su base de apoyo es una realidad insoslayable. La lealtad que alguna vez caracterizó a los votantes del Likud se está deshilachando, incluso dentro de los bastiones y feudos tradicionales de la derecha israelí, dice sondeo tras sondeo. Estos votantes desencantados se han convertido en el gran premio de estas elecciones, el que todos buscan. 

Se trata de ciudadanos que, si bien mantienen una postura ideológica de línea dura en materia de seguridad, defensa y nacionalismo, muy del Likud, están profundamente agotados por las crisis políticas recurrentes. Más allá de la defensa, está el creciente costo de vida -la economía ha llegado a ser de práctica autarquía- y, muy especialmente, por el peso desproporcionado que han adquirido los aliados religiosos y los partidos de extrema derecha nacionalista en la actual coalición. Hablamos de los Itamar Ben-Gvir (Seguridad Nacional) o los Bezalel Smotrich (Finanzas) y su gente. 

Este sector del electorado responsabiliza a Netanyahu de haber secuestrado la agenda nacional para satisfacer las demandas extremas de sus socios de coalición, con el único fin de asegurar su propia inmunidad política y judicial. Su desdén, si no maltrato, a las familias de las víctimas de Hamás, a las que no ha concedido ni una comisión de investigación, ejemplifica ese enfado. 

De sondeos y mayorías

A pesar de que las encuestas muestran fluctuaciones constantes y a menudo desfavorables para el bloque gobernante, la peculiaridad del sistema político y electoral israelí sugieren que Netanyahu puede perder el apoyo de la mayoría del voto popular y, aun así, alzarse con la victoria y retener la jefatura del Gobierno. 

El sistema de representación proporcional, con un umbral electoral relativamente bajo, casi garantiza que ningún partido pueda gobernar en solitario. En este laberinto parlamentario de 120 escaños que tiene la Knesset, la clave del éxito no reside necesariamente en quién obtiene más votos individualmente como formación política, sino en quién tiene menos vetos y posee la capacidad negociadora para amalgamar una coalición de al menos 61 diputados. Este martes, los 7.331.981 israelíes llamados a votar, tienen que elegir entre 38 listas y cada una de ellas necesita el 3,25% de los votos válidos para obtener escaño.

Al explorar las matemáticas parlamentarias y las mayorías posibles, los escenarios post-electorales se dividen fundamentalmente en tres grandes bloques. El primero es la continuidad del bloque de derechas y religioso. Si el Likud, a pesar de su pérdida de popularidad, logra retener un núcleo suficiente de votos y, de manera crucial, sus aliados de la extrema derecha nacionalista y los partidos religiosos ultraortodoxos logran superar el umbral electoral, Netanyahu podría reeditar su actual gabinete. Esta es la vía primordial que busca el mandatario, ya que es la única que le garantiza una barrera legislativa frente a sus procesos judiciales (la inmunidad) y la continuidad de sus políticas, sin concesiones a la moderación.

También emerge la posibilidad de una coalición de Gobierno liderada por el bloque de centro-derecha y la oposición. Tendrían que armar un rompecabezas ideológico sumamente complejo y frágil, esa es la verdad. El precedente de 2021 no salió bien. Esta hipotética coalición de "cambio" abarcaría un espectro político inusualmente amplio, desde partidos de derecha laica y antiguos halcones del establecimiento militar, pasando por el centro liberal, hasta llegar a los remanentes de la izquierda sionista. 

Más aún, debido a las estrictas sumas, esta mezcla ideológica requeriría casi con toda seguridad el apoyo externo, o al menos la abstención negociada, de los partidos que representan a la minoría árabe de Israel. 

El tercer escenario, que históricamente ha plagado la política israelí en los últimos años, es un bloqueo institucional absoluto que desemboque en una repetición electoral. Esto ocurriría en el caso de un empate técnico, en el que ninguno de los dos grandes bloques logre aglutinar los sesenta y un escaños necesarios, lo que prolongaría la parálisis política, retrasaría la aprobación de presupuestos cruciales y dejaría al actual mandatario aferrado al poder de forma interina, un desenlace que muchos de sus detractores temen que él mismo fomente si ve que no puede formar Ejecutivo.

Afinemos los bloques: el derechista-religioso lo forman Likud, Shas, Judaísmo Unido de la Torá, Otzma Yehudit, Sionismo Religioso-Zehut y Pueblo de Israel, mientras que el bloque de centro-opositor están Yashar, Juntos, Yisrael Beytenu (Israel Nuestro Hogar) y los Demócratas. Lo que dicen los sondeos de estos días es que Yashar sería el primero en intención de voto, logrando entre 22 y 24 escaños, seguido del Likud de Bibi, con entre 19 y 21. Serían los cabezas de cartel, digamos, de cada bloque. Fuera de los dos grupos se encontrarían los Reservistas y el Nuevo Partido Económico, una alianza de dos partidos de centroderecha.

Si miramos con la suma de las posibles alianzas, la media es de 54 asientos para los antiNetanyahu y 48 para los proNetanyahu. Un sindiós, porque nadie supera la mínima mayoría en la Knesset. Las cifras siguen cambiando con las horas, además. 

Los nuevos liderazgos

Frente a la figura polarizadora de Netanyahu se erige una oposición que constituye un bloque dispar, como vemos, pero cuya principal y casi única argamasa es el profundo y urgente deseo de apartar al mandatario del cargo para sanear las instituciones democráticas del país. 

Entre los rostros más destacados de este variopinto frente opositor se han encontrado en estos meses figuras de gran peso en el ámbito de la seguridad, como los exjefes del Estado Mayor Benny Gantz y Gadi Eisenkot. El primero ya no es de la partida: hace una semana, anunció que se retiraba porque su formación, Azul y Blanco, no iba a lograr superar la barrera electoral del 3,25 %. Eisenkot, en cambio, refuerza su liderazgo día a día, con su Yashar (Recto). Toda una declaración de intenciones. 

Este antiguo jefe de las Fuerzas de Defensa de Israel, que perdió a su hijo sargento en Gaza, juega con la baza de ser la antítesis del actual primer ministro en cuanto a formas y relato. No es un pacifista, pero habla de unir a un país absolutamente polarizado. Eso gusta. Trata de proyectar una imagen de estabilidad, moderación, seguridad y responsabilidad institucional. Su estrategia central es apelar directamente al votante de centro y de centro-derecha que ha abandonado al Likud por considerarlo rehén de los extremistas. 

A ellos se suman Yair Lapid, exprimer ministro y líder de la oposición de centro-laico, junto al también exprimer ministro Naftali Bennett. Acuden de la mano -quién lo hubiera dicho en sus inicios- en Beyajad (Juntos), enfocados sobre todo en las clases medias urbanas, buscando la recuperación del tejido económico, la defensa del sistema judicial frente a las controvertidas reformas impulsadas por el actual Gobierno y la promoción de un sionismo liberal y secular. 

La tensión y la polarización dentro del país han alcanzado niveles tan extremos que algunos sectores de esta oposición han llegado incluso a exigir investigaciones formales por traición contra el primer ministro. Lo acusan de utilizar los planes de guerra, las negociaciones sobre los rehenes y la escalada frente a actores regionales como Irán como tácticas meramente dilatorias y oportunistas para prolongar el conflicto, evitar el escrutinio de una comisión de investigación estatal y eludir su inminente derrota en las urnas. Hasta el final, se ha temido una nueva agresión a la República Islámica como excusa para retrasar las votaciones. 

Sin embargo, el gran e histórico desafío de este bloque opositor radica en que, más allá del agudo rechazo a la figura del actual líder y de la retórica de salvación nacional, carecen de una visión coherente y unificada sobre cómo gobernar realmente el país a largo plazo. Enfrentan enormes desajustes internos en materia económica, sobre el papel de la religión en el Estado y, de manera esencial, en su enfoque hacia la política exterior y la gestión del territorio. 

Los grandes temas de campaña

Las elecciones están profundamente marcadas por temas de campaña que evidencian las líneas de falla estructurales en la sociedad israelí, con la seguridad nacional y la dirección de la guerra como los ejes sobre los que orbita absolutamente todo el debate público. Mientras el Gobierno intenta presentarse como el único actor con la firmeza necesaria para resistir la intensa presión diplomática internacional, erradicar las amenazas en sus fronteras y garantizar la existencia misma del Estado en un entorno hostil, sus detractores lo acusan de subordinar los imperativos de la seguridad nacional y la urgencia de rescatar a los rehenes a su propia agenda de supervivencia personal y política.

Simultáneamente, bajo el manto del conflicto bélico, el debate interno sigue estando dominado por fracturas domésticas no resueltas. La polémica exención del servicio militar obligatorio para los jóvenes estudiantes de las yeshivás ultraortodoxas se ha convertido en una herida abierta sangrante para la mayoría de la población que carga con el peso del servicio de reserva en tiempos de guerra. 

Este tema, junto con la persistente sombra de la reforma de la Corte Suprema, divide profundamente a un país fracturado entre un sector mayoritariamente secular, económicamente productivo y militarmente activo, y un sector nacionalista-religioso en rápido crecimiento demográfico que busca redefinir la identidad misma del Estado.

A esta mezcla, volátil de por sí, se suma el altísimo costo económico derivado de los conflictos bélicos ininterrumpidos. La masiva movilización de reservistas que ha paralizado sectores clave de la industria, la fuga de capitales, la interrupción del turismo y la dolorosa rebaja de las calificaciones crediticias del país por parte de las agencias internacionales, han puesto la inflación, el agobiante costo de vida y la estabilidad financiera futura en el centro absoluto de las preocupaciones diarias de los ciudadanos, ofreciendo a la oposición un flanco de ataque vital contra la gestión económica del Ministerio de Finanzas, actualmente en manos de la extrema derecha. Dice Netanyahu machaconamente que Israel batalla y vence en siete frentes, pero hay consecuencias. 

Y Palestina

En este denso caldo, resulta imperativo analizar cómo afectan estos comicios al crónico problema palestino. La conclusión más cruda, unánime y sombría es que un hipotético cambio de liderazgo en la jefatura del Gobierno israelí no supondrá, bajo ninguna métrica realista, una transformación radical ni un alivio inmediato para los territorios palestinos. El prolongado genocidio, iniciada en Gaza tras los letales ataques en territorio israelí (1.200 muertos y 251 secuestrados a un lado, más de 79.000 muertos al otro), ha provocado un desplazamiento del espectro político y de la opinión pública israelí de manera casi monolítica hacia la derecha en todo lo concerniente a cuestiones de seguridad y concesiones territoriales. La desconfianza es absoluta. 

En consecuencia, la posibilidad de un Estado palestino independiente, la reactivación de los Acuerdos de Oslo (1993) o cualquier marco de negociaciones de paz sustanciales se ha convertido en un auténtico tabú político. Este silenciamiento del debate sobre la paz no sólo afecta a la derecha nacionalista, que busca abiertamente la anexión de partes de Cisjordania -primer paso para el Gran Israel bíblico- y rechaza frontalmente la soberanía palestina, sino que ha permeado profundamente en la izquierda y el centro político israelí. Como dicen los palestinos, si llega un cambio, la diferencia para ellos será entre el genocidio y el apartheid. Poco más. 

Los líderes de la oposición, conscientes de que cualquier muestra de flexibilidad hacia los palestinos sería castigada sin piedad en las urnas por un electorado traumatizado y enfocado en la seguridad estricta, evitan escrupulosamente abordar el tema diplomático. Su retórica electoral hacia la cuestión, cuando se ven obligados a articularla, no se centra en la coexistencia, los derechos civiles o el fin de la ocupación, sino puramente en la "separación" demográfica y en la gestión asimétrica del conflicto desde una perspectiva puramente militar y de contención. 

Para la población palestina, que sufre las devastadoras consecuencias humanitarias de las operaciones militares, la expansión de los asentamientos, la violencia de los colonos y el colapso económico tanto en Gaza como en Cisjordania, la diferencia práctica entre un gobierno liderado por Netanyahu y uno liderado por exgenerales como Gantz o figuras centristas como Lapid se percibe, en el mejor de los casos, como cosmética. La infraestructura de la ocupación militar, el control de las fronteras, el bloqueo de los recursos y la política de seguridad estricta son elementos de consenso estatal en Israel que ninguna coalición opositora viable está dispuesta o tiene el capital político para desmantelar. 

Por tanto, mientras el mundo observa las elecciones israelíes preguntándose si la era de Netanyahu llegará a su fin, desde la perspectiva palestina el resultado de las urnas parece augurar, sin importar el vencedor, la perpetuación de un statu quo insostenible y una prolongación indefinida del control militar sobre sus vidas, sin un horizonte político que ofrezca esperanza de autodeterminación real en el corto o mediano plazo.

Las fuerzas árabes

Dentro de esta intrincada ecuación de poder, la influencia y el papel de la minoría árabe-israelí emergen como un factor de enorme complejidad también en esre 25-O. Los ciudadanos palestinos de Israel, que constituyen aproximadamente una quinta parte de la población nacional, representan una fuerza política minoritaria marginada, socialmente discriminada, pero que en el actual escenario de fragmentación parlamentaria posee un peso matemático absolutamente decisivo. Históricamente excluidos de los círculos de toma de decisiones gubernamentales y vistos con recelo por el establecimiento de seguridad, los partidos árabes han navegado en los márgenes de la Knesset. 

Sin embargo, su participación electoral y su representación parlamentaria son ahora un requisito aritmético indispensable para que el variopinto bloque de la oposición tenga alguna esperanza matemática realista de alcanzar los sesenta y un escaños necesarios para bloquear definitivamente el continuismo del bloque conservador y religioso.

A pesar de esta importancia estratégica crucial, el ambiente dentro de las comunidades árabes de Israel está marcado por un profundo desencanto. Las crecientes llamadas al boicot electoral, impulsadas en protesta por la devastación sin precedentes en Gaza, la continua marginación social, el aumento de la criminalidad interna en sus ciudades ante la inacción policial y la retórica hostil de ministros de extrema derecha del actual gobierno, amenazan con deprimir su participación en las urnas. 

A este complejo panorama de apatía se suman las intensas fracturas internas, las rivalidades ideológicas y las divisiones tácticas entre las distintas facciones políticas árabes, que oscilan entre enfoques integracionistas pragmáticos y posturas nacionalistas de resistencia. 

Esta potencial caída en la participación del electorado árabe plantea una paradoja trágica para quienes buscan un cambio de rumbo en el país: una abstención masiva nacida del rechazo a las políticas del Estado terminaría facilitando las mayorías parlamentarias de la derecha y beneficiando las aspiraciones del actual primer ministro de mantenerse férreamente aferrado al poder. 

Viene la encrucijada de Netanyahu, viene la encrucijada sobre lo que Israel quiere ser. La aritmética parlamentaria, la apatía de las minorías y la sombra del conflicto hablarán en las urnas. ¿Cómo? Lo veremos. 

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