Los líderes de los 32 países miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se reúnen este martes y miércoles en Ankara, la capital de Turquía, en lo que ya se califica como una de las cumbres más trascendentales y políticamente explosivas de la historia reciente de la Alianza. 22 años después de la última vez que el territorio turco albergó una cita de esta envergadura, el orden de prioridades geopolíticas ha cambiado drásticamente. Y no para bien: la incertidumbre y la desconfianza lo acaparan casi todo.
Europa se encuentra bajo una presión sin precedentes por parte del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para asumir la responsabilidad total de su propia defensa, cuando hasta ahora tenía garantizado el paraguas norteamericano, en un escenario global marcado por la invasión rusa de Ucrania -que entra ya en su quinto año-, la inestabilidad crónica en Oriente Medio y la asertividad militar de potencias asiáticas que nadie sabe en qué puede acabar.
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, a quien en los círculos diplomáticos de Bruselas apodan el "susurrador de Trump" debido a su acreditada habilidad para gestionar los exabruptos del mandatario estadounidense (y para aplaudirle cada decisión, también, lo que le hace cosechar motes menos lucibles), llega a Ankara con una estrategia clara: permitir que EEUU declare una victoria política rotunda ante sus ciudadanos, a cambio de mantener cohesionada la estructura transatlántica. El argumento central de Rutte es simple, directo y contundente en términos financieros: Europa finalmente está pagando la factura. Eso lo puede vender el republicano como una victoria en este año electoral, con comicios legislativos de mitad de mandato en noviembre.
El eje de la cumbre será la exigencia inflexible de Washington de que los socios europeos cumplan los ambiciosos compromisos de gasto militar arrancados por Trump el año pasado. Según el borrador de la declaración de la cumbre, dado a conocer por medios como Reuters y AP, los aliados europeos y Canadá han incrementado su inversión en defensa en más de 139.000 millones de dólares durante el año 2025, lo que representa un aumento cercano al 20% en un único año. Es para que el inquilino de la Casa Blanca esté satisfecho, pues es lo nunca visto.
Este esfuerzo masivo y generalizado responde al compromiso histórico sellado en la cumbre de La Haya, el año pasado. Los Estados miembros de la OTAN fijaron entonces como meta obligatoria destinar el 5% de su Producto Interior Bruto (PIB) a la defensa para el año 2035. En Ankara, Rutte presentará por primera vez un informe de progreso sobre un objetivo secundario pero igualmente crítico: un 1,5% adicional destinado específicamente a la movilidad militar, la infraestructura logística y la resiliencia civil ante ataques híbridos.
OTAN 3.0: ¿cohesión o capitulación?
Este nuevo marco conceptual tiene un nombre propio dentro de los pasillos de la Alianza: burden shifting (el traspaso de la carga). Se va a escuchar mucho mucho en estos dos días de jornada. Por primera vez en la historia de la OTAN, este término figurará explícitamente en el comunicado oficial de cierre de la cita. Muestra el rumbo hacia lo que en Washington les gusta llamar OTAN 3.0 y, en términos prácticos, significa que Europa asumirá el peso principal de la defensa convencional frente a Rusia en el continente, permitiendo que las fuerzas armadas estadounidenses den un paso atrás o redirijan sus prioridades estratégicas hacia otros teatros de operaciones, como el Indopacífico.
No es nuevo, pero sí es la consolidación de un camino iniciado en el mismo Despacho Oval de Trump, cuando en julio del año pasado el exprimer ministro neerlandés fue a rendirle obediencia al norteamericano y confirmó, por primera vez, que un grupo de países de la Alianza se haría cargo de pagar armamento a EEUU para suministrárselo a Ucrania. De entonces hasta hoy, la apuesta es esa: Washington no se exprime en la ayuda a los de Volodimir Zelenski, sino que pone su industria y los aliados del otro lado del océano ponen los euros. Redondo.
Esta transformación genera profundas fricciones industriales. Para cumplir con los plazos impuestos por la urgencia del conflicto europeo, los gobiernos del Viejo Continente se disponen a firmar contratos multimillonarios de adquisición de armamento avanzado. Aunque muchos en Europa preferirían que ese dinero se invirtiera en el desarrollo de una industria de defensa estrictamente europea (autónoma, adecuada a sus necesidades, fomentando sus propias empresas), la realidad operativa obliga a mirar hacia el otro lado del Atlántico.
Rutte ha adelantado la firma de "decenas de miles de millones de dólares" en nuevos contratos de defensa que beneficiarán directamente a la industria militar estadounidense, un argumento que sirve de bálsamo para contentar a la Administración Trump, pero que irrita a capitales como París o Berlín, que abogan por una mayor autonomía estratégica, por un giro que les quite servidumbres de una vez. Ahora EEUU no es "el cajero" de la OTAN, como se quejaba el republicano en su primer mandato (cuando aún se le ponía en jarras la alemana Angela Merkel, cuando había resistencia), sino que es el receptor de mucho, mucho dinero en contratos.
No está de más recordar que Estados Unidos, quien tanto pide a los demás, no gasta actualmente el 5% de su PIB en defensa, sino que su inversión militar se sitúa entre el 3,3% y el 3,5% del PIB. Son datos de su propio gabinete.
Para Rutte, el éxito de la cumbre de Ankara se medirá en su capacidad para transformar la hostilidad de Trump en una oportunidad de modernización para la alianza. Al presentar a una Europa que gasta más, que compra tecnología estadounidense y que asume el liderazgo en su propio territorio, el secretario general intenta desactivar la retórica del aislacionismo estadounidense. Sin embargo, el precio a pagar es alto. El paso hacia esa OTAN 3.0 implica una aceptación tácita de que el paraguas de seguridad incondicional de EEUU ya no existe de la misma manera. Europa se ve forzada a madurar militarmente a marchas forzadas, no por una iniciativa interna de unificación, sino por el imperativo dictado desde Washington y por la cruda realidad de un frente oriental que no da tregua.
La pregunta que flota en el aire no es solo cuánto dinero está dispuesta a gastar Europa, sino si este colosal desembolso financiero y el rediseño de responsabilidades estratégicas serán suficientes para mantener al amigo americano dentro de la Alianza, o si por el contrario, representan el primer paso hacia una desconexión transatlántica definitiva. De ahí que no sea exagerado afirmar que la OTAN se juega en Turquía su supervivencia para las próximas décadas.
Turquía como anfitrión estratégico y la sombra de Irán
La elección de Ankara como sede de este encuentro no es casualidad. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, busca consolidar a su país como un actor geopolítico indispensable y un puente fundamental entre Occidente y el convulso Oriente Medio. El islamista conservador, a quien Trump considera un "amigo cercano", intentará aprovechar la cumbre para obtener ganancias estratégicas individuales, incluyendo la modernización de sus propias capacidades militares y el reconocimiento de su papel de mediador regional.
Y, sobre todo, un lucimiento con aval internacional, cuando sigue siendo un mandatario represor con la disidencia y un depredador de la libertad de prensa, quien encarcerla a críticos, impide protestas y procesa judicialmente a activistas, periodistas o abogados, reduce los derechos de las mujeres y sigue atacando a los kurdos.
La agenda de la cumbre concede un espacio prioritario a la seguridad en Oriente Medio y la contención de Irán. El borrador de la declaración oficial ya reafirma de manera tajante que la República Islámica "nunca debe llegar a desarrollar o poseer un arma nuclear", lo mismo que ha servido de base al acuerdo marco de tregua alcanzado con EEUU y que ahora se trata de desarrollar. Asimismo, el documento hace un llamamiento urgente a garantizar la total libertad de navegación a través del Estrecho de Ormuz -una de las arterias energéticas más importantes del planeta, por donde antes de la contienda iniciada en febrero pasaba un 20% del crudo mundial-, cuya inestabilidad reciente ha provocado una volatilidad severa en los mercados internacionales del petróleo y el gas licuado, con precios del crudo que han llegado a oscilar entre los 90 y los 116 dólares por barril.
La diplomacia de pasillo en Ankara se verá intensificada por las reuniones bilaterales planeadas por Trump. El estadounidense tiene programado un encuentro cara a cara con Erdogan para discutir la cooperación bilateral y la seguridad fronteriza. Sin embargo, uno de los movimientos que más expectación -y controversia- genera es la reunión prevista de Trump con el nuevo presidente sirio, Ahmad al Sharaa, el antiguo líder insurgente islámico cuyas fuerzas derrocaron al régimen de Bashar al Assad en diciembre de 2024.
Aunque la Casa Blanca no ha detallado formalmente los objetivos de esta entrevista, fuentes diplomáticas señalan a la CNN que Trump pretende presionar a Damasco para que asuma un rol activo y combativo contra las milicias de Hezbolá en Líbano, dando así un descanso a Israel, su amigo de siempre. Es una propuesta audaz pero de difícil realización, considerando que el propio Al Sharaa ya ha manifestado públicamente su nulo interés en involucrar a una Siria devastada y en plena transición en nuevos conflictos regionales. Assad sí fue un enorme protector del partido-milicia chií.
Ucrania en su quinto año de guerra...
El conflicto bélico en Ucrania, que se arrastra ya por su quinto año consecutivo tras la invasión rusa, sigue siendo la prueba de fuego definitiva para la cohesión de la OTAN. Los aliados tienen previsto ratificar un paquete de asistencia militar a largo plazo para Kiev que contempla la entrega de aproximadamente 70.000 millones de euros anuales para los años 2026 y 2027, sumando un total de 140.000 millones de euros en dos años.
Esta cifra busca blindar el apoyo a Ucrania frente a posibles vaivenes políticos en Washington y frente al desgaste provocado por las recientes ofensivas aéreas y de drones lanzadas por el Kremlin contra la infraestructura energética y los centros urbanos ucranianos. Aún así, a Kiev le parece que hace falta más para que no se cronifique aún más el conflicto.
En este contexto, todas las miradas se centrarán en la jornada del miércoles, cuando Trump se reúna formalmente con el presidente ucraniano, Zelenski. El encuentro se producirá después de que Trump mantuviera conversaciones telefónicas individuales tanto con el propio como con el presidente ruso, Vladimir Putin, el pasado 4 de julio. El magnate llegó de la cumbre del G7, celebrada en Francia el mes pasado, presumiendo de haber logrado el respaldo de sus homólogos para un "acuerdo interino" que busca poner fin a la guerra de Rusia, aunque los detalles del mismo se mantienen bajo estricto secreto y generan escepticismo entre los aliados de la Europa del Este.
Los aliados, en cambio, vendieron que habían convencido al neoyorquino de que no podía dejar pasar más tiempo sin presionar para lograr la paz, después de haber impulsado el proceso negociador en febrero del año pasado, al mes de retornar al poder. Hasta ahora, las propuestas norteamericanas siempre habían sido favorables al Kremlin, hasta el punto de insistir en que Ucrania tenía que ceder en cuanto a su territorialidad y soberanía y hasta acusar a Zelenski de tener la culpa del inicio de la "operación militar especial", como la llama Moscú aún.
... y las secuelas del G7
A pesar del tono aparentemente constructivo y de aparente unidad exhibido en el G7 -donde el presidente Emmanuel Macron llegó a agasajar a Trump con una fastuosa cena en el Palacio de Versalles-, el líder de la Casa Blanca no tardó en reactivar sus habituales disputas públicas nada más regresar a EEUU. Trump arremetió con dureza contra el exprimer ministro de Reino Unido, Keir Starmer, vaticinando su dimisión (que terminó materializándose poco después, aunque está a la espera de un nuevo liderazgo en el Partido Laborista) bajo el argumento de que había "fracasado estrepitosamente" en materia de política migratoria y energética. Se ha debido alegrar de haber ganado la apuesta.
La tensión también salpicó a Roma. Trump afirmó en sus redes sociales que la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, le había "suplicado" una fotografía en el G7, lo que provocó una feroz desmentida por parte del gobierno italiano y la cancelación inmediata de una visita oficial a Washington por parte del ministro de Asuntos Exteriores de Italia. Lejos de apaciguar los ánimos, Trump redobló la apuesta el pasado domingo al publicar una imagen de Meloni sonriéndole, acompañada de la frase incalificable: "SE NECESITA ORDEN DE ALEJAMIENTO". Las relaciones con el primer ministro canadiense, Mark Carney, tampoco atraviesan su mejor momento, manteniéndose en un tono visiblemente gélido. Los separan los aranceles o la guerra de Irán, por mucho que estén acogiendo un Mundial de Fútbol a tres bandas con México.
Conscientes del potencial destructivo de estas tensiones personales de Trump con los mandatarios europeos, una delegación bipartidista de senadores estadounidenses, liderada por la demócrata Jeanne Shaheen, ha viajado a Ankara también. Su objetivo es actuar como un contrapeso institucional y enviar un mensaje de tranquilidad y de respaldo inquebrantable del Capitolio hacia la OTAN.
"Ellos son nuestros mejores aliados, nuestros mejores socios comerciales y son críticos para nuestra seguridad nacional y nuestro éxito económico. Necesitamos fomentar esas relaciones", declaró la senadora Shaheen, lanzando una velada crítica a la actitud cáustica de la Casa Blanca. "Eso es algo que el Congreso entiende perfectamente, pero que la administración actual parece ignorar".
En paralelo, será interesante ver qué aporta la participación de Lee Jae Myung, presidente de Corea del Sur, cuya presencia subraya la creciente interconexión entre la seguridad europea y la estabilidad en el Indopacífico, especialmente tras el reciente ensayo de un misil balístico desde un submarino nuclear realizado por China en aguas del Océano Pacífico, un movimiento que ha encendido las alarmas en Seúl, Tokio, Canberra y Wellington.
La cumbre se celebra bajo un clima de máxima alerta militar y reajuste macroeconómico. La crisis geopolítica global ha obligado a muchas instituciones multilaterales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) a recortar las previsiones de crecimiento económico para el año 2026, advirtiendo de "cicatrices permanentes" en la economía mundial si las cadenas de suministro energéticas y marítimas continúan bajo asedio. Países altamente dependientes del comercio internacional, como Singapur o Corea del Sur, han visto degradadas sus estimaciones de crecimiento del PIB a niveles cercanos o inferiores al 1%.
El papel de España
En el caso de nuestro país, será uno de los protagonistas de la cumbre, también, precisamente porque el presidente, Pedro Sánchez, ha tenido que ver cómo Trump lo convierte en diana de sus críticas de forma recurrente. Primero, por no aceptar el año pasado el umbral del 5% del PIB en defensa. Luego, por oponerse a la guerra particular del republicano contra Irán e impedir que sus tropas usasen las bases de Rota (Cádiz) y Morón de la Frontera (Sevilla) para la operación Furia Épica.
Según informa EFE, el socialista "mantendrá sin variación alguna en la cumbre de la OTAN de Ankara su posición sobre el gasto en defensa, que cree suficiente para cumplir los compromisos con la Alianza". En La Haya, en 2025, Sánchez defendió que con un 2,1 % sería suficiente para hacer frente a lo que le pide la OTAN porque el compromiso va más allá del PIB (de misiones a entrenamientos, pasando por investigación, por ejemplo). "No hay debate", en palabras de Sánchez.
Desde entonces han sido continuas las críticas y amenazas de Trump por no secundar el compromiso común. A finales de junio, por ejemplo, Trump dijo en una reunión con Rutte que España es un "desastre" como socio de la Alianza. "España es terrible (...) No quieren pagar nada; creen que todo les va a salir gratis", lamentó entre críticas también a otros socios de la OTAN como Italia, Francia, Alemania o el Reino Unido por no haber prestado apoyo a su operación contra Irán. Además, esta semana el embajador de Estados Unidos ante la OTAN, Matthew G. Whitaker, dijo que Trump está "decepcionado" con España, tanto por haber denegado el uso de las bases como por no secundar el compromiso de gasto en defensa del resto de aliados.
Fuentes del Gobierno citadas por la agencia señalan que, en cualquier caso, el presidente acudirá a Ankara con los deberes hechos después de que Rutte haya constatado que España cumplió en 2025 el compromiso de llegar a un gasto en defensa del 2 % del PIB. Rutte viene insistiendo en que deberá aumentarlo y planteando la necesidad de que alcance al menos un 3,5 %, pero, ante ello, el Gobierno reitera que mantendrá su hoja de ruta sin variaciones con el convencimiento de que le seguirá permitiendo cumplir con todas las exigencias de la Alianza. Un cumplimiento que tiene un pilar esencial en el Plan Tecnológico y Estratégico de Defensa y Seguridad aprobado el año pasado y que incluye una inversión adicional en gasto militar de 10.471 millones de euros.
Lo que auguran los expertos
Los expertos auguran que los discursos de unidad, esperables sobre el papel, no podrán tapar la desconfianza evidente entre los socios. Es complicado olvidar que Trump, el año pasado, dejó caer que su país podría no aplicar el famoso Artículo 5 del Tratado de la OTAN, el que establece que todos los países aliados saldrán en defensa de aquel que sea atacado.
La principal fuente de tensión no proviene esta vez del frente oriental, que también, sino de la incertidumbre sobre el compromiso de la Casa Blanca. Trump es quien puede, sobre todo, fracturar la imagen de cohesión interna debido a sus críticas sobre el reparto de responsabilidades y sus presiones en frentes comerciales o geopolíticos. Su amenaza de irse de la OTAN es real. La retirada de tropas de suelo europeo, también. Nada de eso se puede relativizar. Todo eso incomoda.
Ante este panorama, la perspectiva de los líderes europeos ha madurado drásticamente en comparación con periodos anteriores. Según destaca el Carnegie Endowment for International Peace (un tanque de pensamiento washingtoniano) en un análisis coral previo a la cumbre, el ambiente general ha dado un vuelco: "Los aliados europeos están menos concentrados en apaciguar a Trump y más enfocados en suavizar la transición hacia una alianza liderada por Europa". Este cambio de mentalidad refleja la asunción de que Europa debe asumir de forma urgente una mayor autonomía estratégica y blindar sus estructuras defensivas ante posibles deserciones norteamericanas.
En el centro de esta encrucijada, desde el International Crisis Group (con sede den Bruselas), la experta Olga Oliker subraya que, si bien la agenda oficial busca proyectar calma institucional, el nerviosismo es palpable. Los miembros de la OTAN "estarán en ascuas, con muchos aliados preocupados de que todos los asuntos puedan descarrilar por culpa del presidente de EEUU, Donald Trump".
El hecho de que Ankara albergue la cumbre de 2026 no es un mero detalle logístico; refleja el peso geopolítico consolidado del país. El australiano United States Studies Centre (USSC) apunta en sus análisis a un cambio en la estructura interna de la organización, afirmando que "Ankara ya no está situada en los márgenes de la Alianza; más bien, se ha convertido tanto en un estado oscilante como en un estado pivote dentro de la OTAN". Esto podría significar un giro multipolar que amplíe la visión de seguridad más allá del flanco oriental hacia el flanco sur.
Aprovechando su posición central, el Gobierno turco impulsará prioridades marcadamente nacionales, como la profundización de la Iniciativa de Cooperación de Estambul (ICI) para estrechar lazos entre la OTAN y sus socios del Golfo (como Bahréin, Kuwait, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos) en materia de seguridad e industria militar. Del mismo modo, buscará que los aliados levanten las restricciones vigentes sobre su sector de defensa.
Por otro lado, los foros de debate organizados por la londinense Chatham House de cara a las implicaciones de seguridad post-cumbre recalcan que el debate ya no gira únicamente en torno al cumplimiento del 2% del PIB en gasto militar, sino en cómo se ejecuta y articula ese dinero con el sector privado. Las discusiones se centran en los mecanismos necesarios para traducir las promesas políticas en hechos tangibles. Desde la institución señalan que "a medida que evolucionan las amenazas a la seguridad, la atención se está desplazando de los compromisos de gasto a la implementación. Esto pone un enfoque renovado en la innovación, la capacidad industrial y la resiliencia en toda la Alianza".
La cumbre de Ankara determinará, en última instancia, si la OTAN es capaz de reconvertirse hacia una gobernanza interna más equilibrada y resiliente o si las grietas transatlánticas debilitarán su postura de disuasión frente a Moscú.