Convertida desde hace años en indiscutible reina del terror literario en español, Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) lleva décadas siguiendo las huellas culturales de un género que, afirma, es el único "capaz de mirar de frente aquello que preferimos no ver". De los recorridos, intuiciones y conocimientos acumulados durante años de escritura, investigación, clases y conferencias, nace Conversación con la oscuridad (Páginas de Espuma), un ensayo sobre las claves del gótico y el horror en el que la escritora argentina explora con maestría cómo la literatura y la cultura popular diseccionan los fantasmas de la historia latinoamericana, los monstruos del capitalismo y las fijaciones una época obsesionada con el apocalipsis.
"Mi forma de escribir está motivada por entusiasmos y obsesiones", asegura sin tapujos desde su casa de Tasmania, donde vive desde hace un año, días antes de visitar nuestro país para una gira de más de una semana que, en su caso, parece más de cantante de rock que de escritora. En ella desplegará esta "cartografía de una pasión" que, al igual que toda su obra, se alimenta de literatura, cine, música, historia y cultura popular. Los monstruos, por ejemplo, han ido evolucionando durante toda la historia de la humanidad. "Los monstruos clásicos, muchos de los cuales existen desde el mundo clásico, nunca significan exactamente lo mismo, cada época los carga con sus propios temores y cada generación encuentra en ellos una manera de representar aquello que no termina de comprender".
"La criatura de Frankenstein, creada por el hombre mediante la ciencia y la técnica, tiene un parentesco evidente con HAL, el ordenador de 2001. Una odisea del espacio, y con las inteligencias artificiales que empiezan a poblar nuestras ficciones. Son monstruos hechos por el hombre, con ciencia y con técnica, que se le terminan volviendo en contra", apunta Enriquez, para quien el horror está en la posibilidad de que una creación humana adquiera una autonomía que ya no podamos controlar, pero también en nuestra disposición a atribuirle sentimientos, intenciones y una intimidad semejante a la nuestra. "¿Qué pasa si hay un robot sintiente que te engaña y toma decisiones y que finalmente te seduce en un sentido amplio? O sea, que uno termina creyendo que está hablando con una inteligencia que tiene las mismas emociones que uno. Y ese miedo es muy contemporáneo".
El vampiro es otro de esos arquetipos que cambian de piel. "En los años ochenta, en plena pandemia del sida, el sexo, la sangre y la muerte que forman parte de su naturaleza adquirieron una resonancia particular. Obras como Entrevista con el vampiro, de Anne Rice, que era muy anterior, se terminaron leyendo en ese sentido", recuerda la escritora. "Y a partir de ahí empezó a haber como una gran catarata en literatura y en cine del vampiro relacionado con la enfermedad y con la pandemia, pero también con la noche y con el glamur, como en El ansia, la película de David Bowie y Catherine Deneuve".
Después, lamenta, llegó Crepúsculo, y con ella otra transformación. "Esa saga es un reflejo de la absoluta centralidad y triunfo de los jóvenes y los adolescentes en el consumo, en la sociedad, como vimos también en sagas como Harry Potter. El vampiro se vuelve una comedia romántica de adolescentes donde los que viven para siempre son estos chicos que están dominándolo todo, también el mercado". Enríquez se apresura a precisar que es una interpretación discutible, pero añade una capa más a su teoría al apuntar que la inmortalidad, vista desde el presente, también puede adoptar la forma de un privilegio económico.
"Los multimillonarios tecnológicos que sueñan con escapar a Marte mientras el planeta se deteriora parecen prolongar, por otros medios, la fantasía de vivir para siempre y ponerse a salvo de las consecuencias de la propia época. Son los vampiros contemporáneos". Enriquez sitúa esa pulsión dentro de un miedo más amplio, el de un final que ya no pertenece sólo a la ciencia ficción. "Creo que la idea del fin del mundo en un sentido amplio es el gran miedo contemporáneo".
"Los monstruos clásicos van cambiando de significado en cada época, cada generación los deforma según sus miedos"
"Digo amplio porque está el miedo la inteligencia artificial, pero también al calentamiento global y a los cracks financieros, el miedo que dejó la pandemia...", enumera. La sensación de amenaza se alimenta, insiste, de una conexión permanente con todo lo que ocurre, de una información que llega desde cualquier lugar y convierte cada catástrofe en una advertencia sobre el destino común. "Hay mucha información y estamos muy conectados, así que nos enteramos rápidamente de todo lo que pasa y entonces todo parece más vertiginoso. Hay cinco terremotos y es como: bueno, se rebeló la Tierra finalmente y todos moriremos".
El apocalipsis se mezcla así con el miedo a perder las formas de vida conocidas, con la ansiedad ante un futuro que parece cerrarse y con la paranoia política. "Creo que el surgimiento de las derechas también tiene que ver con eso. Por ejemplo, el miedo a la invasión de inmigrantes no deja de ser una idea apocalíptica". Algunas amenazas, además, no necesitan ninguna invención sobrenatural. "Hay pequeños datos de la realidad tenebrosos, como la ropa sintética que se tira y forma estas islas que flotan en los oceános, que parecen monstruos de Lovecraft", bromea. Lo que más la inquieta es la sensación de asfixia, la dificultad para imaginar una salida: "Hablar de las soluciones no es sexy, pero lo que uno siente, por lo menos, es que quizás no las haya. Eso, claro, da mucho miedo".
Si los monstruos cambian con las ansiedades de cada época, los fantasmas latinoamericanos, uno de los grandes ejes de Conversación con la oscuridad, cargan con una historia que no ha terminado de pasar, que es siempre presente. Enriquez encuentra en el propio paisaje las huellas de una violencia que la narración oficial del progreso no siempre ha querido mirar. Hace poco, cuenta, leía sobre la recuperación de los bosques arrasados por las guerras y se encontró con una imagen de las crónicas de la conquista de América: los recién llegados se asombraban de la extensión de aquella vegetación y del vacío que parecía reinar en ella. "En realidad eso pasó porque se había muerto un montón de gente. Ese lugar era un lugar gótico en el sentido de que tenía un montón de belleza, un montón de verde y la humedad, pero ese silencio que aparece en las crónicas... Lo que ocurre es que se habían muerto millones de personas".
Después vendrían otros ciclos de despojo, la consolidación de élites poderosas y los intentos de rebelión que no consiguieron acabar con la desigualdad. "En América Latina los procesos de despojo, de constitución de élites poderosas que son cómplices del despojo, de intentos en algunos momentos de rebelión y de tratar de equiparar esta desigualdad forman parte de una herencia que no se puede dar por clausurada», defiende la escritora. "Tras la Revolución cubana, los movimientos revolucionarios de los años 60 y 70 y su fracaso dejaron, además de decepción, una generación de espectros".
"En Latinoamérica el terror gótico se ha adaptado a nuestros traumas históricos: colonialismo, dictaduras, violencia..."
Las famosas desapariciones son uno de los ejemplos más terribles de lo que Enriquez llama la "producción política de fantasmas. Cuando la dictadura argentina, y también otras, toma estas decisiones de un exterminio de las organizaciones armadas que implica la desaparición del cuerpo, es algo muy consciente, muy decidido, no es algo casual. Es una decisión política para que ese miedo se preserve en el futuro", asegura. "La desaparición no sólo destruye una vida, impide el duelo, prolonga la incertidumbre y hace que la violencia se extienda mucho más allá de su víctima. No es lo mismo extender un duelo indefinidamente, no decir nunca dónde están los cuerpos".
Enriquez pertenece, teoriza, a una generación que ha crecido bajo la sombra de esos desaparecidos, los padres que no volvieron y los proyectos políticos que quedaron truncados. "Mi generación, que son los hijos y los de después, está todo el tiempo afantasmada por estos espectros que son la generación de nuestros padres, con todas las consecuencias que eso tiene". Una de ellas, ahonda es la sensación de haber heredado una derrota. "La generación anterior quiso cambiar el mundo y la nuestra no, así que para siempre vamos a ser la generación frívola".
La historia, explica la escritora, no sólo es humana, también permanece en las ruinas materiales. Enriquez creció en un barrio de Buenos Aires -el popular y conflictivo Lanús- rodeado de fábricas que habían dejado de producir. "Las fábricas no funcionaban, no producían nada, porque se había decidido importar y acabar con la producción nacional". Para ella, explica, "aquellos edificios vacíos son fantasmas, las ruinas son eso, un recuerdo del pasado, pero que existe, está presente, lo ves y te recuerda lo que alguna vez fue. Así donde el gótico europeo levantaba castillos y mansiones malditas, el latinoamericano puede encontrar su escenario en una fábrica abandonada, en un barrio periférico o en un territorio al que se le prometió un futuro que nunca llegó. Por eso digo que en Latinoamérica el terror gótico se ha adaptado a nuestros traumas históricos: el colonialismo, las dictaduras, la violencia económica, social y política...".
No obstante, la argentina no quiere que la lectura política agote el significado de esas imágenes. Aunque su obra está atravesada por la historia, la violencia y la desigualdad, se resiste a convertir el terror en un simple vehículo para hablar de asuntos considerados más serios. "Yo soy una fan del terror como género, y no me gusta reducirlo solamente a una especie de sucedáneo o de metáfora de lo social. El terror tiene su entidad, su personalidad y su razón de ser como género", reivindica. "A veces siento que decir siempre 'es un espejo de esto', 'un reflejo de esto otro', es como ceder a esa idea de que el terror finalmente no es respetable o no es legítimo porque atrás de él está lo que es realmente serio. La oscuridad no necesita justificarse siempre por lo que representa, también importa lo que hace sentir, aquello que despierta en nosotros y la respuesta que provoca cuando irrumpe en un mundo que creíamos seguro".
"Todo escritor de terror tiene un punto de sadismo. El probelma es cuando la realidad comienza a parecerse demasiado a lo que imaginamos"
Sus motivos, apunta, exceden cualquier interpretación sociológica: "El miedo a lo desconocido, a la muerte, a lo que no podemos entender o resolver... y eso no es sólo político, sino que es humano». Para Enriquez, la ficción puede ofrecer una distancia desde la que observar aquello que fuera de los libros o las pantallas nos resulta insoportable. "Ante la sobreinformación, que es absolutamente imposible de procesar y muy estresante, el terror funciona como una manera de aliviar el estrés de dos maneras: pudiendo pensarlo y también siendo entretenimiento". La ficción permite acercarse a lo terrible sin confundirlo con la experiencia inmediata. "Vos podés leer de cosas horrendas, sabiendo que es ficción y que estás seguro, y así reflexionar. Por eso la ficción nos permite reflexionar sobre lo más terrible desde un lugar seguro".
Hay, sin embargo, un miedo que, confiesa, la edad vuelve más difícil de contemplar a cierta distancia. El cuerpo, que en el body horror actualmente en auge se deforma, enferma y se rebela contra quien lo habita, empieza a dejar de parecer una fantasía extravagante. La escritora, que ha explorado con creces esa frontera entre lo familiar y lo monstruoso, admite que cada vez le cuesta más acercarse a ella. "Cuanto más vieja me pongo, menos me gusta el body horror, porque se parece más a la realidad. Así que mejor no atraigamos la desgracia sobre el cuerpo, que es una cosa espantosa", bromea.
Enríquez no ha perdido la curiosidad por las criaturas y los contextos sociopolíticos que la acompañan desde hace décadas, dice, pero hay horrores que, cuanto más se conocen, menos ganas dan de invocarlos. "Todo escritor de terror tiene un punto de sadismo", reconoce citando a referentes que adora como Stephen King o Shirley Jackson, "el problema llega cuando la decadencia o el horror dejan de ser una posibilidad imaginada y empiezan a parecerse demasiado a la realidad. Entonces, quizá, convenga cerrar el libro», concluye.